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Perfil 22 de Abril de 2017

Felicidad, la decisión de Héctor Puche

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Foto: Orlando Amador Rosales

Alejandro Rosales Mantilla

Este barranquillero vive en España hace 16 años. En ese país descubrió la manera de “gestionar” su propia felicidad ayudando a los demás. También trabaja por la conservación del Amazonas.

Héctor Puche tomó la decisión de ser feliz. Atrás quedó el accidente automovilístico que sufrió en 1989 con su familia y en el que  murieron su padre y su hermana, para él, “su primera pequeña muerte”. Atrás también quedó el desprenderse de su tierra y viajar a España, donde está radicado desde el año 2001; o la frustración de no poder especializarse en Artes Visuales en Estados Unidos. Para este barranquillero, que extraña entrañablemente la musicalidad de lo cotidiano en el Caribe, la felicidad no es un estado emocional, como la tristeza o la alegría, sino una decisión de vida.
 
Enseñarles eso a otras personas es una de sus misiones. A través de la fundación Budhi (que en sánscrito quiere decir: “Conocimiento que viene de la fuente”),  y de la que es fundador, Héctor imparte sesiones individuales y grupales de coaching transpersonal, y dicta talleres para que las personas aprendan a alcanzar la libertad emocional, dentro de las muchas otras cosas que hacen.
 
En una visita reciente a Barranquilla, Héctor dictó algunos de estos talleres a empresas. El mensaje era sencillo: un empleado feliz rinde más, por ende, la organización será más productiva.
“Si una empresa invierte en la felicidad de sus empleados, en su formación para entender y autogestionar la felicidad, va a tener un incremento de un 30%, mínimo. Hay empresas multinacionales que han llegado a un 65%. 
 
Cuando el empleado se levanta con ganas de ir a su trabajo, tiene mayor compromiso, sentido de pertenencia, proactividad, mejora la comunicación, se siente en un entorno seguro. Todas son ventajas”, afirma Héctor. Agrega que el proceso comenzará a ser efectivo cuando la cabeza de esa organización se cuestione hasta qué punto él es feliz y sabe gestionar su felicidad. “Si la cabeza no cambia la gente que está por debajo siempre llegará a un tope, porque el que está por encima cree que no tiene que cambiar”.
 
Héctor afirma que algunas de las multinacionales más exitosas en el mundo tienen un life coach en su nómina, para entender qué está pasando con su gente, si son felices, si están gestionando su felicidad, si vienen bien o mal desde su casa. Ahí –señala Héctor– se valora el ser, no el currículum, que de seguro es muy bueno, por eso fue contratado.
 
“Hay que levantarse cada día queriendo hacer lo que nos gusta, eso es fundamental. Si eres periodista, médico o abogado, por ejemplo, y te levantas sin querer ejercer tu profesión, entonces plantéate qué estás haciendo con tu vida”, cuestiona el también comunicador social.
 
 
El inicio natural de todo. Un sueño, eso motivó a que Héctor Puche decidiera terminar la empresa que él había creado junto a su “amiga del alma” Lilián Pallares, Twenty for Seven, y concentrarse en la filantropía sin ser multimillonario. En ese sueño –describe– le decían “que tenía que volver a conectarse con la naturaleza”. 
 
“Empiezo a investigar y me encuentro con la problemática de la tala de árboles en el Amazonas, la piratería con la madera, las hojas, la explotación del terreno. Sentía que tenía que hacer algo para ayudar a que eso no se acabe. Les comentaba eso a mis amigos y me decían que yo estaba loco”. 
 
Entre el 2008 y el 2010 Héctor estuvo investigando sobre cómo desarrollar ese proyecto: nombre, colores, qué debía ofrecer, cuál era la problemática, “que empresas estaban detrás, las buenas y las corruptas”.
 
Después de eso le dio vida al proyecto BeAmazon, del que sus amigos opinaban que seguía siendo una “absoluta locura”. En Colombia, como era de esperarse, la idea tampoco recibió apoyo de las entidades oficiales. Esta no contemplaba la repartición de ‘mermelada’, solo la ayuda desinteresada a las comunidades y al cuidado de la selva. Sin embargo, la visita le sirvió para hablar con líderes indígenas del trapecio amazónico colombiano y cerciorarse del abandono estatal. 
 
“Ahí nació la Fundación Budhi, me di cuenta que yo me debía apersonar de eso. La Fundación es una formación constante que rompe paradigmas, quita filtros emocionales. Decidí concentrarme en eso, crear proyectos de desarrollo social sostenible pero que sean principalmente de formación para las comunidades indígenas”. Añade que paralelo a eso él seguía con su “viaje de cambio interno”. “Me decían que qué estaba fumando o tomando, que me veían en paz y que querían estar como yo. Nos empezamos a reunir dos personas y eso fue creciendo. Sin serlo, empecé hacer labores de coach. Me había entrenado yo solo del 2006 al 2010. El grupo pasó a ser de 20 personas y me trasladaba de Madrid a Cádiz, a Navarra y otros sitios para dar charlas sobre lo que yo hacía (...) Ahora ese es el segundo proyecto de la Fundación, la formación para la realidad occidental, realidad social de la gente urbana”, expresa Héctor, siempre tranquilo, feliz.
 
Es claro en asegurar que “el futuro es pensar en presente”, porque si se quiere hacer el bien, poner un grano de arena por el bien del planeta hay que empezar ahora, antes de que todo desaparezca, aunque suene trágico.

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