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Perfil 22 de Julio de 2017

El emprendimiento social de Samuel Azout

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Foto: Archivo particular

“Arrancamos en 2008 con 120 niños en en el barrio La Paz. Ahora tenemos unos 4.400 niños, niñas y jóvenes en los programas directos”, afirma Azout.

Clarita Spitz

Después de su paso exitoso por la empresa privada, este empresario barranquillero le dedica gran parte de su tiempo a trabajar por la niñez con mucho fútbol y corazón.

A los 14 años de edad, siendo aún estudiante de secundaria en Barranquilla, su ciudad natal, Samuel Azout acostumbraba salir del colegio y dirigirse al almacén de su padre, el antiguo Vivero en la calle 77, para trabajar medio tiempo estampando camisetas, ayudar en la caja registradora, surtir mostradores y atender a los clientes. 
 
Tiempo después, tras haber estudiado economía en la universidad de Cornell, en Ithaca, Nueva York, regresó para vincularse formalmente a la empresa familiar, ubicada cerca del ‘vivero’, como se conocía el zoológico municipal. Por la puerta trasera vendían saldos y, como no tenía nombre, la gente decía “vamos pa’l vivero”. Así nació el nombre de esta empresa que, al pasar los años, dio origen a Carulla-Vivero, una de las cadenas de supermercados más grande del país.   
 
Sammy, como prefiere que le llamen, “porque es más cercano y genera confianza”, nació en 1959. Graduado en Administración de Empresas en la Universidad de Georgetown, en Washington, considera que “el único obstáculo entre lo que somos y lo que queremos ser somos nosotros mismos”. Sus hijos recuerdan que a su regreso del colegio, a la hora de la comida, les preguntaba: “¿Qué hicieron hoy para cambiar el mundo?”.
 
Desde muy temprana edad se interesó por el reto del desarrollo: cómo mejorar la condición humana y el bienestar de la sociedad, cómo lograr que todas las personas tengan la misma oportunidad de vida. A través de la Fundación Carulla creó AeioTU, una iniciativa de desarrollo para la primera infancia en la que más adelante se basó el programa ‘De Cero a Siempre’ del gobierno Santos. En el 2006, al negociar la venta de Carulla-Vivero al Éxito, a los 47 años, Samuel decidió estudiar Administración Pública en Harvard y dedicarse a combatir la miseria.
 
 P  ¿Cómo influyó en su personalidad su infancia en Barranquilla?
 R  Haber nacido y crecido en el Caribe colombiano, descifrando su problemática humana y social desde la literatura de Gabriel García Márquez, nos da esa espontaneidad, esa franqueza, ese realismo con un componente de magia… Gabo nos influyó a todos. O las anécdotas de mi padre con Álvaro Cepeda Samudio, o con Enrique Scopell, su gran amigo, en La Cueva, en la que hacía parte, esporádicamente, del Grupo de Barranquilla. Iba a las tertulias y, cuando se les acababa el trago lo mandaban a traer más. Sabían que regresaría, que no se perdería con el dinero. Decían “el judío vuelve con trago”. Fui muy afortunado. Mi abuelo Jacobo Azout, quien emigró a Colombia desde Jerusalén en 1921, nos dio un invaluable ejemplo. Llegó a Puerto Colombia sin un peso y, como tantos jóvenes inmigrantes judíos, recorrió los pueblos de la costa atlántica a lomo de burro vendiendo telas. Sin tener grandes estudios ni ser demasiado observante, nos enseñó el valor del respeto hacia las opiniones diferentes.  De él aprendí el concepto en hebreo tikún olám, reparar el mundo, ayudar a construir un mundo más tolerante, solidario e incluyente. 
 
 
 P  Hablemos de los inicios de Fútbol con Corazón.
 R  En el 2006 presidía Carulla-Vivero cuando lo compró Éxito y me reemplazaron. Decidí hacer un posgrado en Administración Pública en la Escuela de Gobierno de Harvard, estudiar sobre desarrollo en política pública y el mundo de las organizaciones sin ánimo de lucro. Allí conocí a Guillermo Rolando, un compañero de clase que tiene una organización en Chile -Fútbol Más- que utiliza el fútbol como vehículo de desarrollo comunitario y como herramienta de cambio social, y se me ocurrió hacer un proyecto similar en Colombia. Así nació, hace más de 10 años, Fútbol con Corazón, FCC. Esta es una empresa social que mira el fútbol como herramienta pedagógica, para desarrollar habilidades que permitan a los menores superar problemas humanos relacionados con la miseria, la violencia y la exclusión. En los barrios menos privilegiados, niños y niñas están expuestos a una cantidad de riesgos, como prostitución, embarazo adolescente, abuso, maltrato, violación, pandillerismo, reclutamiento por los irregulares y todo tipo de micro-tráfico, alcohol, drogas. Muchas veces en sus casas existe violencia, no hay mentores, tienen mucho tiempo libre. Nosotros ofrecemos un programa extra escolar, la escuela de fútbol, donde niños y niñas aprenden valores y habilidades. Lo que hacemos es prácticamente prevención de violencia, entre ellas la violencia de género (...) Arrancamos formalmente en el 2008 con 120 niños en el barrio La Paz, de Barranquilla. Actualmente tenemos unos 4.400 niños, niñas y jóvenes en los programas directos y al menos ese mismo número en programas a través de terceros. Tenemos proyectos de empoderamiento en comunidades de Chocó, Antioquía, Medellín, Santa Marta, Cartagena y, en Barranquilla, además de los municipios de Soledad, Galapa, Puerto Colombia y otros. Contamos con una división de consultoría desde donde transmitimos nuestro modelo pedagógico a otras organizaciones. Esa es una fuente de ingresos que nos da sostenibilidad. Hoy en día estamos presentes en Ecuador, Argentina y Panamá. 
 
 P  ¿Cuál es la meta más importante de FCC?
 R  Nuestra meta más importantes es desarrollar un modelo de gestión social capaz de mejorar, de manera sostenible y definitiva, la oportunidad de una vida sana, feliz y productiva a la niñez y juventud más vulnerables del mundo. Este modelo debe tener tres elementos fundamentales: un alto impacto, comprobado científicamente; que sea financieramente sostenible, y que sea replicable. Como objeto social, no recurrimos a donaciones, sino que creamos nuestras fuentes de ingresos, un modelo que no se ha hecho antes en Colombia. No creemos en el desarrollo autoritario o en llevarle una fórmula de desarrollo a una comunidad, sino más bien en co-crear o co-construir con esta comunidad su futuro. No hacemos otra cosa diferente que entregarle herramientas a una comunidad para que ellos mismos se apropien de su propio futuro.
 
Apartes de esta entrevista aparecieron en la Edición 102 de Revista Salomón – Bogotá,  junio-julio 2017

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