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Millennials 15 de Abril de 2017

La bacanería de los hermanos Guerrero

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Foto: Orlando Amador Rosales

Alejandro Rosales Mantilla

Las camisas de flores que Jorge y Gustavo empezaron a diseñar, lucir y bailar se convirtieron en una idea de negocio que traspasa lo comercial, genera empleo y desplaza el machismo al vestir.

Flores, cayenas, rosas, células sicodélicas que explotan en color. Todo hace erupción sobre telas estampadas que le dan vida a camisas, a veces de lino y otras no. Y el color, como en una revolución policromática, es apenas la envoltura de todo el mensaje, por qué no, político y cultural, de las creaciones de los hermanos Jorge Antonio y Gustavo Guerrero. 
 
A decir verdad también su madre, Camila Galeano, y su tía Doris, son fundamentales en el proceso creativo y de confección de las camisas que representan toda una “Boronía Caribe”. 
 
Pero, ¿cómo surgió este proyecto de emprendimiento que también encierra un cambio en el chip machista de muchos hombres del Caribe? Jorge recuerda que la idea nace en Puerto Colombia, “inspirada en el mar, el surf, la cultura Caribe, la música”, pero también en contravía de la desteñida idea de que “si un hombre viste una camisa de flores es marica”.
 
Las tertulias que Jorge y su hermano programaban todos los domingos en el patio de una casa en Pradomar, con amigos, con el aroma de fondo de un sancocho de pescado (chivo muchas veces), planteaban esa necesidad de defender la diversidad, los gustos de hombres, mujeres y comunidad Lgbti, el amor por el folclor, la necesidad de rescatar antiguas buenas costumbres que la modernidad arrebata. Toda esa mescolanza, sin ellos saberlo, dio pie a su marca Boronía Caribe.
 
Sin embargo, como lo expone Jorge, todo se finiquitó en el Centro de Barranquilla. “Un día caminando con mi mamá vi telas de flores, las mujeres las estaban usando pero no era bien visto que lo hicieran los hombres, menos con colores como el rosado. Decidí decirle a mi mamá que hiciéramos una camisa, a ella siempre le ha gustado el tema de la confección con mi tía Doris.  Me la hicieron para diciembre, era de flores, y desde ahí la gente tenía que ver con la camisa. Iba a La Troja y me preguntaban que cómo la conseguían”.
 
Gustavo, su hermano menor, señala que después de eso, hace dos años, no han parado de vender camisas. El primer cliente fue su padre, el médico Jorge Guerrero.  
 
“Sin querer queriendo creamos una tendencia, lo que empezó entre amigos y de forma familiar se convirtió en algo por lo que la gente nos preguntaba mucho. Solo hasta ahora es que lo estamos viendo como un negocio (…) Nos metimos en el cuento de producir más camisas, meternos en el tema de la confección, de los buenos textiles, de buscar una razón de ser de la marca, que en el siglo XXI los hombres pueden vestir camisas de flores igual que las mujeres. Eso es Boronía, una marca inspirada en el ser Caribe alejada de cualquier prejuicio machista”, resalta Gustavo.
 
 
Europa, la meta. Jorge, de 28 años, es ingeniero mecánico y Gustavo, de 23, administrador de empresas. Ambos, al final de sus carreras se fueron para Europa a hacer intercambios académicos. El menor de los Guerrero Galeano se fue primero para Francia, después el turno fue para el mayor, pero a Suiza.
 
Sus maletas estaban cargadas de flores y ganas de conocer. Gustavo recuerda que ponerse las camisas siempre generaba las miradas de los compañeros de universidad, no importaban si eran de Europa Oriental u Occidental. El gusto por el color y los diseños siempre era el mismo. Así, nuevamente sin proponérselo, empezaron a exportar sus trabajos.
 
“Mi hermano vivía en Francia, yo estaba en Suiza conociendo y visitando a la familia de mi novia, ahí no teníamos dinero para viajar, Europa nos parecía un poco costoso. Nos invitaron a Barcelona, solo teníamos la plata de los buses y más nada. En los bolsos teníamos unas seis camisas, más otras que eran para regalar. Las personas nos las veían y las vendíamos, ‘Tavo’ la limpiaba, la lavaba  y al otro día la entregaba. Vendimos tres nuevas y tres usadas, cada una en 30 euros, con eso costeábamos la comida de tres días, los amigos nos ayudaban. Disfrutábamos, viajábamos y  conocimos. Pasamos por España, Francia, Suiza, Italia. Un día terminamos en Alemania, cogimos el bus que no era, nos confundimos con el que iba para Suiza. Nos pasaron muchas historias, de las camisas vivimos en esos días”.
Jorge agrega que la idea también es expandir el ser Caribe, que sepan que en Colombia “no solo hay droga 
y violencia, también hay amor, pasión, flores”.             
 
Hoy día los hermanos Guerrero están reestructurando la idea de negocio, de lo que al principio no lo era. Tienen tres talleres en el departamento, generan empleo y su idea es seguir creciendo ya con políticas claras de mercadeo y publicidad en redes sociales. Saben que no pueden perder la humildad ni los lazos culturales que dieron pie a su marca. Como ellos lo dicen, con sus camisas exportarán “bacanería caribe para todo el mundo”. 

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