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Invitado 27 de Mayo de 2017

Matilde Arteaga, la hermana que cuida de sus hijas espirituales

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Foto: Orlando Amador

La hermana Matilde camina por el asilo San Antonio, lugar donde reitera que su labor en el mundo es poner su vida al servicio de Dios y los más necesitados.

Loraine Obregón Donado - Instagram:@lore013

La santandereana desafió la opinión de su padre y tomó los hábitos en 1982. Hoy dirige el asilo San Antonio, ubicado en Barranquilla, donde se encarga de velar por las necesidades de 86 ancianas.

El blanco sin macha de su hábito y la sonrisa en su rostro, me permitieron identificar a la hermana Matilde Arteaga, a tres metros de distancia.
 
Se presentó y su acento dejó al descubierto su departamento de origen: Santander. Luego, como narrando un cuento, relató en qué momento decidió tomar sus hábitos religiosos. 
 
“Mi vocación surgió en 1975, cuando tenía 14 años. Los años pasaron y la idea creció, mientras tanto disfrutaba mi vida. Estudié hasta secundaria, compartí con amigos, hasta llegué a tener mis novios. Pero a los 19 años pensé en que quería ser diferente entre mis hermanas que formalizaban su hogar, yo quería dedicarme a personas necesitadas”, explicó.
 
Arteaga manifestó que al principio su deseo de consagrarse a Dios no fue aprobado por parte de su padre, pero por el contrario, su madre respetó la decisión. Enfatizó en que al desprenderse del seno de su familia, se propuso no abandonar a sus padres hasta que fallecieran, plan que cumplió sin reparo alguno.
 
Agregó que en 1982 realizó sus primeros votos y en 1988 llegó a Bolívar, a una misión al servicio de varios afroamericanos que vivían en condiciones lamentables. Su labor, según expresó, estuvo enfocada en compartir su tiempo, capacidades y vida religiosa; una experiencia en la que hizo las veces de sacerdote, policía, enfermera y partera, logrando atender 13 partos.
 
Así mismo, dijo que estar cerca de la gente de algunos caseríos de Bolívar, durante cinco años, le sirvió para darse cuenta que con poco, también se puede ser feliz. “El secreto está en aprovechar y vivir el momento”. 
 
“Fue una enseñanza fuerte. Habían personas que comían un día y el otro no. Ellos tenían momentos efusivos y otros de tristeza. Recuerdo una oportunidad en la que no llovía, que no tenían acueducto, ni la ayuda de carrotanques y los padres jesuitas habían llevado tanques de agua para los alimentos y el baño, se dieron cuenta y llegaron más de 100 personas con ollas, llorando y pidiendo el líquido porque se estaban muriendo de sed. Ante esto, nos unimos todos, oramos y al cabo de una hora empezó a llover”, contó con un brillo en sus ojos.
 
Sus votos perpetuos los realizó en Medellín. Luego viajó a Caracas, retornó a Medellín y pasó a Barranquilla, después llegó a Bogotá y regresó a la Arenosa. Más tarde volvió a ‘la ciudad de la eterna primavera’, hasta asentarse en Barranquilla, donde se desempeña como directora del asilo San Antonio.
 
Como Directora. En Bogotá estuvo laborando en una casa de eventos sociales, parroquiales y empresariales, experiencia que le permitió el nombramiento como directora del asilo Hogar Granja San José, en Barranquilla, durante cuatro años. En el 2013 llegó a ser superiora provincial y en el 2015, debido al cambio de la superiora general, pasó a la dirección del asilo San Antonio.
 
“Trabajar con los ancianos no tiene nombre. He tenido la oportunidad de vivir de cerca algunos casos tristes, como por ejemplo las abuelitas que no tienen familia y llevan muchos años en este hogar. Hay otras que tienen hijos, pero no las visitan, es triste, porque me ha tocado verlas llorar”, expresó.
 
La religiosa disfruta del tiempo al lado de las ancianas. Afirma que para ella no existe nada más gratificante en su vida, que servirle a los demás. 
 
Por lo anterior, se dirigió a los hijos que tienen a sus madres vivas y dijo que vale la pena sacar, por lo menos, media hora para visitarlas, para saber cómo están y brindarles cariño, porque “madre solo hay una y lo que uno siembra, eso recoge”.
 
Señaló que pese a no dar a luz hijos propios, hoy cuenta con 86 hijas espirituales (ancianas), de las que está pendiente para que no les falte nada, “porque los ancianos son el tesoro de la iglesia”.
 
Reconoció que en muchas ocasiones ha sentido cansancio y preocupación, pues nota que el apoyo por parte de la comunidad, e incluso, de la Alcaldía Distrital, es intermitente. 
 
Una lección de vida...
“Al lado de los más necesitados entendí que con poco, también se puede ser feliz”.
 
 

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