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El diván virtual 28 de Mayo de 2016

Solo palabras.

El usuario es:
Isabel Prado Misas

Las cosas no se dicen, se hacen porque al hacerlas se dicen solas, dicen que dijo Woody Allen. Y habría que creerlo pues es un personaje que lo ha demostrado durante su vida, un creador, un trabajador del arte, incansable.

Las cosas se dicen solas al hacerlas, buena reflexión a seguir, especialmente para esas situaciones en las que hablamos y prometemos como si las palabras fueran hechos. Cuando tratamos de convencer sin hacer el esfuerzo, cuando esperamos que confíen en nosotros sin haber logrado los méritos para que eso suceda porque suponemos una credulidad que no existe, ignorando que todo tiene un costo, que lo obtenido implica una entrega, que nada se nos da gratis.

Hacer que las cosas se digan solas implica un gasto de energía, voluntad y atrevimiento, tal vez por eso la preferencia sea decirlas, lo que hace cierta también otra frase: siempre se habla de lo que más se carece. Verdad innegable porque el deseo circula en palabras, de ahí que cuando se logra, el tema desaparece.

Una reflexión para centrar la atención en lo que decimos, en su frecuencia, en su insistencia y esencialmente en su coherencia, porque puede haber demasiado  trecho entre el dicho y el hecho, más del que normalmente se esperaría. Sabemos que la palabra nunca alcanza a la cosa, que siempre hay una gran distancia entre lo que pensamos hacer y lo que hacemos, por eso hay que tratar de lograr que sea corto el trayecto y así no quedar como mentirosos.

También para no quedar como ineptos e incapaces cuando lo ofrecido en palabras supera las propias posibilidades, o, cuando somos dados a la llamada procrastinación que consiste en aplazar y aplazar, no por incapacidad, sino por un hábito nefasto de posponer lo que se sabe que hay que hacer.

Síntoma recurrente en muchos, por no decir en todos, y en algunos, una forma de vida en la que el último momento no es el de la muerte, aunque sí lo parece porque la agonía con la que culminan cada acto, a veces irrisorio, se vuelve mortífera. Pagar un recibo, entregar un trabajo, concluir un escrito, hacer una llamada, lograr un pedido, llegar a tiempo, cualquier evento se vuelve trascendente y no por lo importante, sino porque se logra al límite después de haberlo pensado y repensado y, cuando se está al borde de acabarse el plazo. Lo que permite suponer que al que esto le pasa, goza con recrear en esos instantes la imposibilidad de lograrlo.

Es seguro que la propuesta de Woody Allen no es tan sencilla de cumplir porque en el camino encontramos muchas trampas: nuestras debilidades, nuestros miedos, muchas inseguridades, además de los impedimentos del afuera que nos sirven de excusa para desistir y seguir hablando, quedarnos en: solo palabras, el recurso más fácil de renovar, como decía el artista plástico Leo Ferrari.

 

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