EL HERALDO
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El diván virtual 05 de Marzo de 2016

Los celos y la envidia

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Isabel Prado Misas

La envidia es un sentimiento que amarga y taladra el alma, por eso dicen que es mejor despertarla que sentirla, y tienen razón, porque no hay nadie que sufra más que un envidioso. Lo incomprensible e injusto es que es un sufrimiento bastante común, pues ese sentimiento que nos hace mirar torvamente, desear con fuerza, hacernos mala vida o auto-compadecernos frente a lo que otro posee, es constitutivo. O sea, que con base en él nos construimos.

Otro afecto del mismo tenor son los celos, también inherentes a nuestra construcción. Lo que quiere decir que nosotros los humanos para desarrollarnos pasamos por sensaciones o mejor: por pasiones que desconocemos, que nos tocan, nos conforman, nos construyen. Para entenderlo o para no negarlo, solo hay que mirar la lógica abusiva, imperativa y egoísta en la que se mueven los niños de pocos años. Después de esas edades aprendemos a morigerarnos, a aplacarnos o por lo menos a disimular.

Un aprendizaje que muchas veces no funciona y el envidioso que llevamos dentro sigue haciendo de las suyas en el supuesto adulto, que no puede disfrutar lo que tiene por estar mirando lo del otro, o peor, no puede conseguir lo propio por sólo desear lo ajeno.

Y si es el celoso no superado, hará trizas cualquier relación porque la mirada siempre se le irá detrás de un rival que inventa. Pues como ya lo decía en su sabiduría de poeta Gómez Jattin: Como fuerza de monte en un rincón oscuro la infancia nos acecha. Es de esa infancia que vienen esos dramas, de haber quedado fijado en un triángulo de un tiempo que ya no se recuerda, pero que tiene toda su eficacia.

Por eso de celosos y envidiosos está lleno el mundo, unos más que otros, pero todos sufrientes, malqueridos y malquerientes. Ojalá fuera diferente y el mundo más fácil, pero no es mentira lo que dice el poeta: como fuerza de monte esos recuerdos nos acechan. Recuerdos infantiles que nuestra conciencia no recuerda pero que inconscientemente insisten para suponer al semejante más dichoso, mejor dotado, más poderoso, para envidiarlo. O poco confiable y enamorado siempre de otro, por lo que la relación será de tres, con uno siempre traído a colación, aunque no exista.

Celos y envidia, pasiones humanas que nos hacen sufrir, que exacerbadas dan cuenta de un síntoma que debe ser curado para que la vida pueda transcurrir sin tanto dolor e impotencia, con más paciencia y confianza, para que sea como es y no como lo que nos acecha, que, además, ya pasó, ya no existe. 

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