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El diván virtual 25 de Mayo de 2012

Las crisis, las pérdidas y los cambios

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A veces las circunstancias nos golpean tan fuerte que quedamos anonadados, como si un puño invisible hubiera salido de la nada para desordenarnos la vida. Son momentos de crisis que hay que enfrentar, a los que todos estamos expuestos y conocemos pero que pensamos, mientras no nos tocan, que eso les pasa a los demás.

Situaciones que en un primer momento nos sentimos incapaces de hacerles frente, pero está demostrado que los seres humanos tenemos una gran capacidad para resistir y sortear lo que nos venga en suerte. La diferencia estará en cómo se afronta el momento, que en un principio, para todos, incluye la desesperación y el creer que será imposible superarlo, para que luego llegue la resignación y la acción. Es lo que nos queda.

Allí donde la pregunta, ¿Por qué a mí?, válida por demás, no debe durar mucho tiempo porque ya sabemos que nadie nos la puede responder. Y la queja, pertinente también, no se puede volver una repetición que impida el avance. Es ahí donde se marcará, para cada uno, la diferencia.

Vivir implica estar preparados para la pérdida, que, aunque la hayamos conocido, cada vez que la enfrentamos parece que no estuviéramos anoticiados aunque desde niños nos hayan inculcado que nos hace crecer, que con eso se aprende, y nos repitamos la famosa frase del presidente Churchill: “El éxito es ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”. Y si, seguramente tenía razón, también, que vivirlo es un drama cuando nos toca.

Y es así, porque las situaciones que nos enfrentan a la pérdida inconscientemente hace revivir las anteriores, como un viajar en el tiempo vamos al pasado y todas ellas se juntan, porque claro, en esos momentos lo que menos se nos ocurre es traer a la memoria momentos felices. Un efecto retroactivo que, como un búmeran, nos acaba de confirmar la infelicidad.

¿Por qué a mí?, seguramente un cuestionamiento que en algún momento nos hemos hecho, esa sensación de injusticia, olvidando que el mundo no es justo, para nadie. Y la angustia y el desasosiego que por un tiempo será lo más presente con el tiempo y la acción deberá ceder, pero si no lo hace y nos deja impotentes, está mostrando algo propio que desconocemos.

Perdemos la juventud que día a día nos va abandonando tan suavecito, que cuando nos percatamos tenemos la sensación de haber envejecido injustamente. Perdemos a los que amamos cuando la muerte nos los arrebata. También la salud, un amor, dinero, objetos, un examen, un trabajo, ilusiones, pero será cómo lo tomemos lo que nos indicará cómo somos, algo de lo que sabemos poco. Así como de los sentimientos de culpa, tan escondidos, que no dejan que quede una cicatriz sino una herida, siempre abierta. Es en este punto, en eso desconocido que no nos permite sanar, que es válida una interrogación y la búsqueda de una respuesta personal.

Lo cierto es que cada historia de vida está compuesta de muchos momentos, y ese difícil, es solo uno de tantos porque invariablemente algo nuevo aparecerá. Es lo que seguramente los suicidas no alcanzan a sopesar y en ese instante doloroso resumen todo, sin darse otra opción y sin pensar siquiera que las crisis también son una oportunidad.

La vida enseña que siempre hay un después, que existen también los momentos felices, muchas veces producto de esos virajes que nos hacen sufrir, que en su momento no comprendemos porque nos proponen cambios que, ni por asomo, habíamos programado en nuestra agenda.

Por Isabel Prado Misas
Psicoanalista
isaprami@hotmail.com

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