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El diván virtual 23 de Enero de 2016

La cura

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Isabel Prado Misas

“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

Palabras de poeta, verdaderas, hondas, profundas, que arrastran un dejo de tristeza, pero soportables, porque están llenas de belleza. Es lo que logra la poesía, ya lo decía Freud, que es en ella que se alcanzan esas verdades que nos rondan, con las que vivimos, las que esquivamos, pero aquel que tiene el don, como Borges en este caso, las puede poner ante nuestros ojos.

“Lo que importa es que algo sea íntimamente complejo”, se explicaba nuestro poeta y podemos estar de acuerdo con él. Cómo no estarlo en este mundo en el que lo íntimo ya no se encuentra y lo banal se impone negando toda complejidad.

Es por eso que la cura para el que sufre debe estar en ese orden, más allá de clasificaciones, de descripciones del fenómeno, de rótulos que marcan. Porque el ser humano es más que eso, es la palabra que enuncia y lo define, la que emite, en la que aparece esa memoria que somos, ese museo quimérico, caprichoso y delirante de formas inconstantes. Montón de espejos rotos de dolores enquistados, de preguntas sin respuestas, de pérdidas y duelos aparentemente olvidados que insisten en nuestros sueños o se asoman imprudentes en las pesadillas. Esos que no dejan dormir, insomnios invencibles de los que sospechamos razones, pero no las conocemos.

Por eso la cura más que consejos, interpretaciones, indicaciones, pruebas, diagnósticos, recetas, debe ser una larga conversación que permita encontrar palabras relegadas, sucesos que reposando en la memoria esperan, porque quedaron allí atosigados y sólo los reconocemos cuando una emoción desconocida nos invade por algo que pasó hace mucho.

Una lógica entendible, entonces, es esperar que el que sufre sea quien hable, porque aunque crea que no lo sabe, es el único que tiene las claves de su dolor, es quien se conoce, quien guarda su memoria y sus pedazos de espejo que solo a él le darán visos, pistas de un pasado que le pesa por lo que no ha podido olvidar.

La técnica es el respeto, la escucha para que entienda sus propias razones, de por qué bebe hasta caerse, por qué esos celos desmedidos, por qué el rencor y tantas dudas. Por qué no puede dormir o no tiene ganas de levantarse. Tanta insatisfacción e imposibilidad que le limitan la vida porque no se estima lo suficiente, lo que llaman baja estima. O, por qué tan cambiante e inconstante para que lo rotulen de bipolar, tan obsesivo para ser clasificado entre los TOC o tan traumatizado para entrar en los TEPT.

Rótulos en los que podemos encajar pero no resuelven la angustia, porque para eso es necesario encontrar a quien dirigirse y a quien le podamos creer, que no trate de hacernos ser lo que no somos sino hallar nuestra forma, inconstante, como dice Borges, pero al fin y al cabo propia.
 

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