EL HERALDO
Facebook Twitter Instagram You Tube Google+
SUSCRÍBETE
El id es:node/136915
El diván virtual 09 de Enero de 2016

Hijo pequeño, problemas pequeños...

El usuario es:
Isabel Prado Misas

Hijo grande, problemas grandes. Esto lo dice la sabiduría popular, que sin necesidad de profundas investigaciones acierta para decir verdades que necesitamos escuchar y así no sentirnos tan solos con lo que nos pasa.

Porque el que tiene hijos sabe que cuando son niños, aunque las dificultades se sientan profundamente y causan gran preocupación, son de otro tenor. Las malas notas, las fiebres altas, los berrinches, los llamados del colegio, las mentiras fácilmente detectables, las rebeldías y pataleos, no son nada comparables con lo que vemos como insurrecciones cuando ya son adultos.

Porque no es nada fácil encontrar que aquel que vimos crecer, en principio sometido a nuestras leyes, construido en los saberes y normas que le dimos, llegando a la mayoría de edad nos muestre que piensa distinto, que puede acordar más con otros que con nosotros, que puede juzgarnos sin misericordia. Que aun el más agradecido nunca sabrá tantos desvelos, trasnochos y renuncias que se hicieron por él.

Y cómo podrían hacerlo, si aún los padres con el paso del tiempo también lo olvidan y sólo lo vuelven a recordar cuando ven a los hijos en las mismas lides. Por eso se dice que una manera de volverse agradecido es tener un hijo, porque es en acto que se sabe de esa entrega inimaginable. Tal vez por eso los creemos, o mejor, los esperamos incondicionales, tal vez por eso nos duelen  tanto sus desacuerdos, su apego a ideas de otros que los alejan de las nuestras y de nosotros.

No siempre es fácil ser padre de hijos grandes, porque eso significa ser padres de adultos, con el agravante de que nos cuesta verlos como tales. Como personas diferentes, con pensamientos, ideas, posiciones y decisiones propias, que en ocasiones son muy distantes de las nuestras y que pueden no llevar a buenas consecuencias. Y en este punto también se sufre de otro olvido, ese que da cuenta que como hijos en la búsqueda de la propia vida, en otro tiempo nos comportamos parecido, muchas veces desoímos las advertencias, los consejos y obramos a nuestra manera. Pero como dice otro refrán: el cura nunca se acuerda cuando fue sacristán.

Ese hijo que fuimos lo olvidamos cuando somos padres. Y valdría la pena recordarlo porque tendemos a idealizarnos, o mejor, de nuestra memoria se borran rastros de insolencias, descuidos, rebeldías, desconsideraciones que también tuvimos para  ahora: ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Una lógica que obedece a nuestro narcisismo, que como bien lo decía Freud, cuando se trata de los hijos se acrecienta, esperando que sean mejores de lo que nosotros fuimos. Un “fuimos” retocado, que si le quitáramos el maquillaje podríamos entender mejor a los que empiezan a abrir las alas. Tal vez así no nos golpeen muy duro con ellas.
 

Etiquetas

Más de revistas
-->