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El diván virtual 13 de Mayo de 2016

Después del festejo

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Isabel Prado Misas

Acabamos de celebrar el día de la madre con regalos y agasajos merecidos. Y no está demás seguir en la misma línea pero tomando una vertiente diferente.

Una de las noticias que más sorprende se refiere a que uno de los días más violentos en nuestro país, es el que se dedica a celebrar a la madre. Según informes policiales es la festividad en la que se producen más riñas y en ocasiones asesinatos, algunos en reuniones familiares. Desoladora noticia en un Estado en el que ya nada parece asombrarnos, en el que el dolor por el semejante está anestesiado por escuchar a diario tantos horrores.

Somos un grupo social al que los crímenes más atroces nos han acostumbrado a palabras nuevas con las que convivimos, donde el término asesinato se nos volvió parte de la cotidianidad, por lo cual ya parece benévolo. En el que la motosierra pasó de ser un inocente instrumento para talar a algo amenazante y, donde las bandas nos asustan pues sabemos que no son de música y menos, que los carteles sean un impreso donde se anuncian. Sabemos de mafia que organiza, de cabecillas que dirigen, de capos que traman, de delincuencia organizada, de delincuencia común y de alias que hasta nos hacen reír. 

Las expresiones, mina quiebra-pata, casa de pique, secuestro simple, secuestro extorsivo, concierto para delinquir, extorsión,  hurto agravado, minería criminal, bala perdida, atraco, carro- bomba, desmembramiento, sicario, guerrillos, paracos, no son sólo palabras que nos alimentan todos los días o hacen parte de nuestra imaginación, son espantos reales a los que tememos, con los que vivimos y con los que, al parecer, seguiremos viviendo porque se nutren y perduran sostenidos por la otra corrupción, la de cuello blanco, la del delito de concusión, la de la estafa, la del soborno, la de los sobrecostos y la de una mermelada que pasó a ser amarga. Esa descomposición todavía más perniciosa porque mata silenciosamente.

Y todos los que conforman tan eficientes pandillas son hijos de madres, verdad de Perogrullo. Y entonces uno tendría que preguntarse ¿por qué? No podemos culparlas, sabemos cómo se sufre cuando los hijos salen con tales andanzas, sin embargo la pregunta sigue rondando. ¿Por qué en este país somos tan violentos? ¿Por qué la palabra no nos alcanza para dirimir malentendidos? ¿Por qué no asumimos la responsabilidad cuando se comete una falta? ¿Por qué culpamos siempre al otro? ¿Por qué no interiorizamos que lo ajeno es ajeno? ¿Por qué se cree que ser pícaro es un valor? ¿Por qué nos cuesta reconocer al otro con su valía, respetarlo, considerarlo y acogerlo? ¿Por qué?

¿Será que algo se cuela en el decir, que se filtra de generación en generación, que se transmite, como dice Serrat con la leche templada y en cada canción? Deberíamos preguntárnoslo.
 

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