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El diván virtual 30 de Abril de 2016

De terapias

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Isabel Prado Misas

La vida no es fácil, decía Freud, algo que todos sabemos. Y lo decía en la época Victoriana, aquella en la que se empezaban a dar muchos cambios: la bombilla eléctrica, el teléfono, el aeroplano, el automóvil, inventos nada despreciables, especialmente la máquina de vapor que revolucionó la economía y la manera de vivir.

Ya en ese tiempo el fundador del psicoanálisis escribía de lo que causaban tales novedades y, aunque no alcanzó a conocer lo que producen las de hoy, sí tenía claro que se sufre por eso, además de los inventos con que cada uno, a su manera, teje la trama de su propia vida. Tal vez por eso el psicoanálisis también fue un descubrimiento de la época, así como otras terapias que existen hoy para tratar de paliar la dificultad de la existencia.

Y ahora más necesarias en este mundo que parece ofrecerlo todo, inmerso en una sociedad de consumo en el que cualquier fantasía parece estar al alcance de la mano prometiendo la felicidad, pero al mismo tiempo, y obviamente, sin poder cumplirla.  

De eso, del Malestar en la Cultura nos hablaba Freud. De la incapacidad, no para ser feliz, porque habría que investigar si alguien lo es, sino para estar contento y tener un sentido en la vida, algo que en nuestra época es muy fácil perder, acuciado  con tanta novedad, inmediatez y facilismo.

Una época en la que los vínculos se vuelven tan desechables como cualquier objeto que se produce en serie, en la que se vive bombardeado por la información que nos dice a lo que debemos aspirar, lo que debemos conseguir, o ser. En el que los celebrados son los que más tienen, no importa qué. Un tiempo de insistencia de la depresión y el suicidio como una salida, que muestra que muchas cosas han cambiado, lo que tampoco quiere decir que el tiempo pasado fuese mejor, ya escuchábamos a Freud.

Entonces necesitamos encontrar salidas cuando todo parece cerrarse y el psicoanálisis es una de ellas, una escucha aliada, respetuosa e interesada en reconocer eso que hace sufrir, reiterado en una queja que nadie escucha, además, porque poco se puede entender. Confesiones que solo adquieren valor cuando son dichas para que resuenen y su eco permita la cura de un malestar que muchas veces no se sabe que se tiene, solo se sabe que se sufre.

Una forma de salir de la masa que demanda a todos iguales y la angustia de no poder serlo: no alcanzar el puntaje, no tener lo que el otro tiene, no conseguirlo al unísono. Mundo de hoy que además de nuestros traumas de siempre y de todos los tiempos, nos agrega un pedido del que debemos salir que nos permita la singularidad, la libertad de ser, de pronto no lo que queremos pero sí lo que podemos, un ser que de seguro no se consigue a la par del otro, porque es del uno por uno. 

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