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El diván virtual 19 de Marzo de 2016

Cosas de la vida

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Isabel Prado Misas

La vida es un borrador sin cuadro, y todo en este mundo está perdonado de antemano, y por tanto, todo cínicamente permitido, dice Milán Kundera en La Insoportable Levedad del Ser, su libro prínceps. 

Realmente un tratado filosófico de la vida nos trae este escritor, que algunos pudieran encontrar pesimista pero que solo es tremendamente realista. Porque en esas dos frases citadas hay un trazado simple pero profundo de lo que vivimos en lo cotidiano. Porque un borrador sin cuadro ¿no es lo que sentimos a diario? Cuando al tener que tomar una decisión esta nos aboca a una acción de la cual no sabemos sus resultados, sin embargo hay que hacerlo y luego, no hay retoque. Ya está hecho, dicho o actuado, ya pasó, ya se hizo. Claro, algo se puede remediar, siempre es posible afortunadamente, pero lo hecho quedó.

Son esas situaciones que por eso nos angustian, como cuando debemos hablar en público o estamos ad portas de una nueva relación sexual o amorosa y nada nos garantiza una certeza. O, el deportista que define un juego y todo un público expectante espera su jugada. Cuando respondemos un examen que nos mide el saber o nos caemos y miramos para todos lados con el deseo de que nadie nos haya visto. Y ahora más, cuando las cámaras son ojos vigilantes para hacer perenne lo que antes podía ser transitorio.

El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación, dice también nuestro autor y cuánta razón tiene, porque por más que nos preparemos, ensayemos frente a un espejo, frente a un amigo o un público que no nos va a juzgar tan duramente, el momento crucial es ese real que tememos atravesar, solos y con lo que tenemos. ¿Y los resultados? Esos  los sabremos siempre después.

Es probable que por eso también sea cierto que todo está perdonado de antemano y cínicamente permitido. ¿Cómo sería si no fuera así? Si el olvido no hiciera su parte, si la comprensión humana inmensa como es, y no porque seamos muy buenos sino porque también erramos, ¿no estuviera?. Cómo sería si todos fuéramos como aquellos que no soportan el error, que la falla los pone en guardia, que se creen los garantes de una linealidad que debe tener la vida, que además nunca ha existido.

Y lo cínicamente permitido, cierto también, hace de las suyas. Cuando se olvida la condición humana que habita a cada uno de nosotros y  el desconocimiento del semejante lleva a sin límites que nos hacen avergonzar de que algunos sean parte de la raza humana. O que grupos al calor de ideologías se conviertan en masas sin individualidad, sin criterio y se aúnen a ideas que llevan a la destrucción y el caos. Y todo sucede, y luego se cuenta en la prensa o en los libros de historia y uno se pregunta, ¿cómo pudo pasar?. De antemano permitido y cínicamente perdonado, Kundera tiene razón.  

 

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