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Así Nos Conocimos 17 de Septiembre de 2016

El amor de don Chelo pica y se extiende

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Foto: Orlando Amador Rosales

En la casa del Viejo Prado, donde viven desde 1970, Judith le canta a su esposo boleros de la vieja guardia.

Inguel Julieth De La Rosa Vence

Chelo De Castro y Judith Vásquez llevan 68 años de casados y aún se cantan boleros, se toman de la mano y se miran a los ojos. “Vivir una buena vida” es la clave que hoy enseñan para disfrutar de un amor hasta que la muerte los separe.

“El nuestro es uno de los matrimonios más antiguos de Barranquilla”. Estas son las primeras palabras que, sin titubear, pronuncia Chelo De Castro cuando se le pregunta por la historia de amor que desde hace siete décadas protagoniza junto a su esposa Judith Vásquez. 
 
Decir que ha sido un amor para toda la vida no es una exageración. El reconocido periodista deportivo inició su vida matrimonial en el histórico año de 1948, cuando se vivió el Bogotazo, tras el asesinato del jefe liberal Jorge Eliécer Gaitán, e incluso, cuando también fue asesinado el líder indio Mahatma Gandhi. Y si de acontecimientos deportivos se quiere hablar –como le gusta a Don Chelo–, no se puede obviar que ese mismo año en el que se casó fue fundada la Dimayor.
 
“A mí siempre me gustó todo de ella”, dice Chelo, admirando a su esposa.
 
“Yo estaba muy jovencita cuando me casé, él estaba esperando que yo madurara un poquito”, dice Judith, y ríe al recordar que apenas tenía 17 años cuando llegó al altar de la Iglesia Nuestra Señora del Carmen, después de dos años de amores en el barrio San Roque.
 
“Todos los días, Chelo se iba para la casa de una tía de él y me veía pasar por ahí cuando iba a coger el bus para ir al colegio (Ariano). Él se paraba en la puerta y me decía: joven, joven, adiós. Y yo no le contestaba, pasaba derechito, porque ni me gustaba, era mayor que yo”, rememora Judith la época en la que Chelo tenía 25 años y ella, 14.
 
“Con el tiempo se hizo amigo de mis hermanos e iba a mi casa, ahí fue cuando al fin caí en la red —añade en un tono burlesco de resignación—. Chelo era muy atento, demasiado detallista.  Si me invitaba a un helado, también llevaba a mis tres hermanas mayores, yo era la más chiquita del grupo y ellas ni sabían que estaba enamorado de mí. Él sí sabía lo que hacía”. “Era una forma de disimular”, admite él.
 
Los detalles de aquella tarde en la que Chelo pidió la mano de Judith tampoco se escapan de la memoria de este hombre de 96 años y su mujer de 85. 
 
“Yo ni me di cuenta de ese arreglo matrimonial. Yo estaba en mi casa, pero estaba en el cuarto durmiendo —don Chelo insiste en que en realidad estaba escondida—. Como a las 3 de la tarde llega una hermana mía a decirme que Chelo estaba hablando con mi papá. Yo dije: ¡ay, Dios mío, ahora que se vaya la que se me va a venir! Pero qué va. Después mi mamá me dice: mija, tienes que arreglarte, échate un rosadito en las mejillas, porque esta noche viene Chelo a hacerte la visita”, cuenta ella.
 
“En la noche cuando yo llego a hacer la primera visita oficial de novio, a dónde que aparecía la señorita. La mamá le decía: niña, sal, que te están esperando en la sala”, agrega él, y Judith no niega los largos meses que duró antes de atreverse a estar sentada a su lado o corresponderle alguna muestra de cariño en público. “Era muy novata, muy pequeña. Y es que esas costumbres de antes…”, apunta Chelo con nostalgia.
 
Esta foto es un recuerdo de la pareja en los años 80. 
 
Buena vida, larga vida. Chelo le prometió al papá de Judith que se casaría cuando pudiera ofrecerle todo lo que se merecía. “Y así lo hizo”, le reconoce ella, sin olvidar, ni mucho menos, la tranquilidad que va más allá de lo material. “A mí me ha ido bien porque,   sobre todo, Chelo no ha sido mujeriego, nunca me ha dado un dolor de cabeza”, dice, y concuerda con su esposo en que la clave para celebrar 68 años de casado ha sido “vivir una vida sana”.
 
Y sí que les ha funcionado, así como el romanticismo que nunca han dejado de lado. Mientras nos posan para este artículo, versos van y versos vienen en la casa del Viejo Prado que habitan desde 1970. A menudo hacen sonar boleros de la vieja guardia y salen a relucir los dotes de canto que solo en su intimidad exploraron. “Sí pensamos que duraríamos juntos toda la vida, pero no que serían tantos años”, concluyen con una risa cómplice. 
 
Familia numerosa y unida. Don Chelo De Castro y Judith Vásquez dieron vida a cinco hombres y dos mujeres, y estos, a su vez, les han dado siete nietos. Las fotografías de la izquierda demuestran que existe unión entre ellos, aun cuando vivan en lugares distantes. “Chelo y yo nunca viajamos juntos, si iba yo, él se quedaba, porque decía que si algo nos pasaba nuestros hijos iban a quedar solos”, cuenta Judith.
 
 
Dictando crónicas. “Les voy a confesar un secreto”, nos dijo don Chelo al término de esta entrevista con Gente Caribe. “Resulta que por la edad ya la vista no es la misma, a las gafas nunca me acostumbré, las uso a veces; entonces, a mi nieto Chelito (foto) yo le voy dictando las columnas, y él las pasa por computador”, contó, orgulloso y sin tapujos, como lo son sus columnas deportivas en EL HERALDO.
 
 
Dice Judith sobre su esposo...
“A mí me ha ido bien porque, sobre todo, Chelo no ha sido mujeriego, nunca me ha dado un dolor de cabeza”.

 

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