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Así Nos Conocimos 06 de Agosto de 2016

Ana y Juan, ‘partners’ en el deporte y el amor

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Foto: Giovanny Escudero

Ana hoy día tiene 39 años y Juan 48. Tenían 21 y 30 al conocerse.

Sara Hernández C.

No solo lo afectivo es pieza clave en la relación de este par de odontólogos, ellos ven el deporte como elemento fundamental en su historia.

El deporte es clave en la relación de Ana Tinoco Posada y Juan Garrido Solano. Es el campo que les ha permitido conocerse en situaciones exigentes, ya sea en bicicleta, nadando o trotando, escenarios donde las barreras mentales no existen y el ‘yo no puedo’, no está en sus mentes. 
 
El tema deportivo en la pareja inició por Juan quien retomó su afición y empezó a trotar por las noches, luego Ana terminó por hacer el recorrido junto a él. “Un día me fui con él y dejé al niño con la niñera”, dice Ana. Agrega que le quedó gustando y poco a poco fue superando sus propias marcas. Primero fue un trayecto corto, después caminos más largos y, luego, practicó otros deportes junto a su esposo.
 
Hoy hacen parte del grupo Corre Caribe, desde 2006, donde llegaron con la idea de salir a otras ciudades, pues inicialmente los recorridos solo eran locales. También están en otras comunidades. Sus días transcurren entre competencias –algunos en otras ciudades–, su hijo Mauricio, sus familias y sus oficios como odontólogos. 
 
El deporte en esta relación es muy importante, los ayuda a afrontar cualquier circunstancia. “Aunque discutamos nos arreglamos porque luego queremos hacer ejercicio, él es mi partner, a quien levanto por las mañanas”, señala la mujer conocida por sus logros en el deporte. Los más de 20 trofeos en su apartamento lo ratifican. 
 
“Esto es una forma de vida, un gusto ajeno al trabajo y además por sentirse bien”, explica Juan. A su vez, aclara que el objetivo de ambos no es entrenar para verse bien, sino para competir”. Es dejar huella y siempre con mentalidad de campeones. Terminar siempre lo emprendido.
 
¿Cómo se conocieron?. La atracción de esta pareja se gestó en la Universidad Metropolitana, en Barranquilla,  para 1996, donde Ana era una estudiante de noveno semestre de Odontología. Allí, Juan terminó por ser el profesor que venía de Bogotá.
 
Él era soltero y ella quedó flechada desde que lo vio. La “traga” de Ana María era tan obvia que hasta sus compañeros la molestaban. Luego, una amiga los presentó, intercambiaron números, y de ahí Juan la llamó casi todos los días. Todo con “bajo perfil”, su entorno así lo exigía.
 
“Nos hablábamos y salíamos de manera discreta”, recuerda la mujer. Después, en décimo semestre, ella realizó sus prácticas en Santa Marta, — lugar donde nació—, y allí todo se formalizó la relación. Juan Carlos iba todos los fines de semana a visitar a su novia en casa de sus padres y se ganó el aprecio de sus familiares.
 
El sorteo que los casó. “Él dice que yo lo obligué”, explica entre risas Ana. Pero no, nada de eso, las cosas se dieron sin buscarlas. Una persona que atendía una joyería le ofreció a Juan un club –un mecanismo para comprar– y él, seguido por su atracción a los relojes lo compró. Pero el hombre se ganó el premio de club tres veces y además de comprar lo que quería, adquirió los anillos de matrimonio.
 
“Yo conté en mi casa lo que Juan había comprado y armaron el matrimonio”, explica Ana sonriente al recordar aquel momento. Un tema que más allá de recordar, data del significado que las cosas tienen hoy. “Ella es y será mi tesoro”, cuenta Juan sonriente.
 
La pareja junto a Mauricio, su hijo, de 11 años. Aquí posan en su apartamento.
 
Sobre los retos en la vida...
“No depende de cuánto te demores haciéndolo, lo importante no es llegar primero, sino hacerlo”.
 
Sobre Juan Carlos...
“Es alguien perseverante y emprendedor. Lucha con determinación por lo que quiere y lo logra”.

 

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